El pacto de vasallaje a la Corona Real Española impuesto a los indios totonacas por Hernán Cortés e intermediación del Cacique de Zempoala a mediados de 1519, se violentó en distintas ocasiones a lo largo de los 300 años de dominación, por el trato injusto y explotador de los españoles.
Aunque son contados los trabajos de investigación documental publicados sobre este particular proceso, destaco el realizado por Adrian Salas y Ma. Esther Martínez, en relación a las rebeliones de los indios totonacas en el Cantón de Papantla.
A finales del Siglo XVI se registran los primeros movimientos rebeldes, afirman en su documento “La política del Secreto en la Santa Inquisición y su presencia en Papantla, Ver”.
Durante la Colonia, la organización y la resistencia de los totonacas aumentó al igual que los agravios generados por la Real Justicia, que aprovechando su situación de poder los explotó en su beneficio personal; dando origen a denuncias de los gobernadores de los indios y a Decretos del Juzgado General de Indias, para proteger a los naturales del Cantón contra los abusos de Alcaldes Mayores, Tenientes, el Obispado de Puebla, etc.
En un documento paleografeado por los investigadores mencionados, se refieren las audiencias del Alcalde Mayor Antonio Torres Colmenero contra el Gobernador Andrés González y sus alcaldes, acusados de ser responsables de la rebelión y tumulto de los indios totonacas del Cantón de Papantla, el 16 de septiembre de 1736. Ese día se escuchó a los rebeldes gritar en su lengua: “¡que mueran! ¡que mueran todos!”, al tiempo que lanzaban tizones a las casas reales y a la iglesia parroquial del pueblo de Nuestra Señora de la Concepción de Papantla para incendiarlas. Por espacio de varios días los indios tomaron todos los caminos que conducían al Cantón para evitar que los españoles y mulatos de este pueblo escaparan.
Elio Masferrer Kan, historiador y doctor en Antropología Social, refiere que “en la segunda mitad del siglo XVIII las relaciones entre los totonacos y los españoles entraron en un franco proceso de descomposición”. Los españoles invadieron las tierras comunales de los totonacas y éstos se armaron de valor, machetes y palos para iniciar la resistencia política y militar en su defensa.
En 1810 inicia la guerra por la independencia después de haber sufrido el pueblo mexicano agravios, vejaciones, servicios personales, explotación y esclavitud por la diferencia de castas.
En este contexto, surge la figura egregia de Serafín Olarte, oriundo de Cuyuxquihui, poblado a la vera del río Tecolutla, punto estratégico entre los cantones de Papantla, Teziutlan y Misantla; lugar donde los totonacas, entre los siglos IX y XI, en su era de esplendor, construyeron y mantuvieron un puesto de observación con características militares, desde donde dominaron la extensa cuenca del río.
Se ignora en que época este caudillo se suma a las fuerzas insurgentes, pero en 1813, toma a Tecolutla como punto de embarque y desembarque de mercancías comestibles, armas, cañones, equipo y hasta banderas y libros.
Desde ese año los insurgentes de Cuyuxquihui fueron repetidamente atacados por las fuerzas realistas acantonadas en Papantla. El Capitan Vidal, los Coroneles Llorente, Arteaga, Barradas y Rincón, por separado, cuantas veces intentaron fueron vencidos en las entrañas de las montañas donde se refugiaban los totonacas, que bien las conocían.
En junio de 1814 Serafín Olarte se entrevista en Zacatlan, Pue., con Ignacio López Rayón, para armar a su tropa. Bajo el mando del Intendente Joaquín Aguilar, participa en la batalla de Tlaxcalantongo, Pue., el 3 de enero de 1816, en defensa de esa plaza que ya estaba en poder de los insurgentes, desafortunadamente la perdieron.
El 25 de noviembre de 1819, al frente de su gente, indígenas como él, atacó Papantla con el propósito de apoderarse de la Alcaldía Mayor, obtener recursos y armas para continuar su lucha, sin conseguirlo. Diezmada su tropa, se refugió en los montes cercanos desde donde solía atacar furtivamente a las fuerzas realistas que salían a los puertos de Tuxpan, Tecolutla o al Altiplano.
Entre los últimos días del mes de noviembre y los primeros de diciembre de 1920, fue emboscado por los soldados de Luvián, aprehendido, fusilado y decapitado. Murió como insurgente, sin traicionar los ideales libertarios de su raza, desdeñando los ofrecimientos de indultos y prebendas del Gobierno Virreinal.
La muerte no le permitió ser testigo de la firma de los Tratados de Córdoba en los que se reconoció la Independencia de México en 1821, por la que tanto luchó al frente de la insurgencia totonaca; sin embargo, el pueblo, desde el 20 de diciembre de 1938 para honra y ejemplo de sus juventudes, porta orgullosamente el nombre de Papantla de Olarte.
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